Los griegos hablaban del ágape, el amor por el género humano. El amor que fluye de nosotros en todas direcciones, abrazando tanto a desconocidos como a amigos, familiares y conocidos, es el más elevado de todos y la expresión más auténtica del espíritu. Sin embargo, mucha gente busca por varias razones, mantener una relación especial, cordial, usualmente sexual con otra persona.  Aunque no sea necesario vivir en pareja para sentirse realizado, es cierto que una asociación tan especial puede ser una experiencia enriquecedora, siempre que puedan salvarse ciertos obstáculos emocionales.

Con demasiada frecuencia buscamos ante todo amor, el Grial universal que creemos cambiará nuestra vida. Lo vemos como el virtuoso reconocimiento por parte de otra persona de nuestro valor intrínseco.

Sin embargo, ¿qué antorcha usamos mientras tropezamos en medio de la oscuridad buscando ese regalo tan difícil de alcanzar? La respuesta es: la necesidad. Proyectamos nuestra necesidad haciendo una incursión en el mundo e intentamos satisfacerla  con un objeto que se acople a la perfección. Podemos disfrazar esta búsqueda de diferentes maneras, insistiendo en que tenemos mucho amor por dar. No obstante, la verdad suele ser más cruda y dolorosa: lo que tenemos es una enorme y pura necesidad emocional de amor, y el temor de quedarnos en ese estado de anhelo insatisfecho. En nuestra búsqueda para colmar nuestra necesidad, estamos preparados para engañarnos con parejas poco indicadas.

La mayoría de las escuelas de psicoanálisis sostendrían que el amor que buscamos en la adultez es un eco del amor que buscábamos de niños de nuestros padres. Muchos terapeutas señalarían que las tenciones y ansiedades asociadas  con nuestras relaciones adultas_ especialmente el temor  a no recibir amor-reflejan nuestras inseguridades infantiles con respecto a uno de nuestros padres. Según esta visión psicocéntrica de la vida, las relaciones maduras están marcadas por necesidades y dependencias emocionales derivadas de cicatrices infantiles. Muchos adultos permiten que el amor de otra persona defina su identidad hasta el punto que si son rechazados, pierden cualquier sentido de quienes son y del propósito que puedan tener en la vida. Incluso si la pareja sigue junta, la relación estará  marcada, por parte de uno de los miembros o de ambos, por el temor. El conocimiento espiritual es el proceso de pasar del miedo a una forma de amor más rica, tolerante y relajada.

El amor como emoción une a la gente prematuramente y la convence de que puede vivir junta. Si la relación va por mal camino, puede generar resentimiento y celos, lo cual no es de extrañar, dadas las raíces emocionales de la atracción. Más tarde la relación puede hundirse dolorosamente, y quizá a uno o a los dos miembros de la pareja les cueste volver a creer en el amor. O bien el vínculo puede solidificarse en permanente, en cuyo caso sólo se estarán posponiendo los inevitables distanciamientos y tensiones. Al igual que los temblores de la tierra producidos por una falla, la pareja tiende a separarse causándose dolor.

Sin embargo, el amor emocional puede seguir otro curso: florecer en verdadero amor a medida que el fuego inicial  de las emociones se enfría y se sustituye por una percepción más sabia y madura. El verdadero amor necesita una atmósfera fresca. Esto no significa que no haya espacio para el contacto físico, sino que el pleno ataque de la pasión es destructivo si constituye la propia base de la relación íntima.

Como ya hemos visto, el amor en su  forma más pura es un manantial que brota de las profundidades del ser. Es una luminosidad que el vigoroso espíritu, conocedor de sí mismo, esparce en todas direcciones, como las semillas del saco sin fondo de un infatigable sembrador.

Se realiza con un espíritu valeroso. Una forma más tímida consiste en  acumular todas las semillas para nuestros propósitos, u ofrecerlas a unos pocos amigos íntimos que tengamos la certeza de que sabrán apreciar nuestro obsequio y dejarán que las semillas germinen.

Aunque la cúspide del desarrollo espiritual sea amar a la humanidad como un todo, muchos de nosotros tenemos o buscamos una relación especial exclusivamente de pareja, y hasta cierto grado, basada en una compañía regular. El amor maduro de pareja implica a la vez el cuerpo, el corazón y la mente, pero a un nivel más profundo constituirá también un acto del espíritu. Reconocernos plenamente y  comprometemos a otro yo que es diferente e independiente, pero al mismo tiempo comparte con nosotros una afinidad espiritual, una corriente recíproca de apertura y empatía que da a ambas partes numerosas posibilidades para sentirse realizados. No debemos esperar que el amor sea fácil, el crecimiento raras veces lo es. Abrirse de una forma especial a otro espíritu puede producir todo tipo de cambios y restructuraciones internos a medida que nuestro centro de gravedad se adapta a las nuevas circunstancias.

Muchas personas enamoradas cometen el error de limitar su perspectiva del mundo en lugar de aprovechar la oportunidad para ensanchar horizontes. El resultado es que si la relación llega a su fin, los dos miembros se habrán empobrecido en ligar de enriquecerse, ante  la perspectiva de disponer de unos recursos   tan reducidos.  Pero cuando el amor es puro, el fin de una relación no nos perjudica. Esto no significa que la experiencia no sea dolorosa, sino que no hay que temer al dolor. Podemos seguir avanzando con confianza sabiendo que nuestro manantial de amor nunca se secará, aunque la fuente esté temporalmente obstruida.

El amor no consiste en mirase acarameladamente con aire de dependencia, sino en observar tanto dentro como fuera, compartiendo  nuestras percepciones y también el amor más basto_ agape_ hacia el prójimo. Para mantener ese tipo de relación se necesita una actitud abierta y un espíritu independiente. Como la aguda Dorothy Parker dijo: “El amor es como sostener mercurio en la mano. Déjala abierta y permanecerá allí. Ciérrala, y lo perderás al instante”.

Del miedo al amor